Mi año Come, reza, ama

Y sí, como reza el título del libro de mi biblioteca, éste ha sido, sin duda, mi año: Come, reza, ama. Si queréis saber el motivo os animo a seguir leyendo la entrada.

Introducción

En el post de hoy os hago un breve resumen, íntimo y personal, de lo que ha supuesto para mí este año 2019 que, como os he adelantado, bien podría titularse: Come, reza, ama.

Mi año Come, reza, ama

Come

Para los amantes del «salseo», y para el público en general, os comenzaré confesando que el 1 de enero de 2019 amanecí junto a mi anterior pareja en el que es para mí el lugar más especial de la Tierra, y mira que he viajado: Capileria, en mi amada Alpujarra Granadina.

Hacía tan sólo unas semanas que había fallecido mi abuela materna, mi segunda madre, y a eso había que sumarle que estaba atravesando la, llamémosle, «época más oscura de mi vida». Llevaba yendo a clases de meditación y a terapia tan sólo un par de meses, aún no había empezado a ver los resultados, y mis niveles de ansiedad aún eran bastante elevados.

Pasaron los meses y, en Semana Santa, aterricé en Roma. Sin lugar a dudas es el lugar, fuera de España, en el que mejor he comido en mi vida. Si tuviera que escoger las cosas más inolvidables/increíbles para mí de este viaje, serían:

  1. La cúpula del Panteón de Agripa.
  2. Rafael mirándome fijamente desde La Escuela de Atenas.
  3. Los niños jugando con las pompas de jabón en la Plaza Navona.
  4. El tiramisú la Trattoria Da Enzo al 29 (sin duda el mejor que he probado y creo que probaré en mi vida).
  5. El filete de bacalao de Dar Filettaro.

Pasaron los meses y, gracias a la terapia, a la medicación pero, sobre todo, a la meditación y a mi constancia, comencé a:

  • Aprender a observar.
  • A dejar estar, a no luchar.
  • A ser más flexible.
  • A no juzgar.
  • A ser menos crítica conmigo misma, más indulgente.
  • A ser menos autoexigente y perfeccionista.
  • A bajar de la mente al cuerpo.
  • A lograr espacios de silencio (entre pensamiento y pensamiento).
  • A concentrarme más y mejor.
  • Y los más importante: conseguir, cada vez en mayor medida, hacer estas cosas de manera natural en mi día a día sin estar meditando.

Así que sí, poco a poco, empecé a sentirme mucho mejor y a tener la sensación de que después del «gran bache» mi alma había crecido un par de palmos.

Nos plantamos en junio y desembarco, literalmente, en Ibiza.

Esta pitiusa es, simplemente, un pequeño paraíso en la Tierra que me recordó que las mejores cosas de la vida son gratis, rompió con algunos de los prejuicios que tenía sobre la isla, me maravilló con sus paisajes, me hizo sentir como en casa a través de sus gentes, los autóctonos, los de toda la vida y me permitió sentir una gran paz y desconexión durante un par de días.

Reza

Ibiza no sólo me aportó grandes e inolvidables experiencias, sino también la ruptura (en el viaje de vuelta), con mi pareja. Dolió, claro que dolió, pero me di cuenta que gracias al desarrollo personal que llevaba trabajado, sobre todo en los últimos meses, caí, pero lo hice en blando.

Quiso el destino que en febrero me propusieran un plan que a mí, por aquel entonces, me sonó de lo más loco: irme a la India en agosto con un grupo al que no conocía de nada, salvo un poco a tres personas, y un (atención) maestro espiritual.

Al ser la primera vez que viajaba fuera de la Unión Europea, el viaje me supuso varias gestiones en cuanto al pasaporte, vacunas, y preparativos varios. Pero vamos, a «toro pasao» puedo decir que no es para tanto (ni lo que hay que hacer, ni los miedos que nos meten, etc.), ni mucho menos.

He viajado, y mucho, pero la India me ha cambiado la vida. Sé que suena a cliché, pero es cierto. Es un país que no deja indiferente (ya os lo iré contando en futuras entradas). No sólo por los paisajes que vi o monumentos que visité, que también, sino por la experiencia que compartí con el grupo: un conjunto de personas que estaba, y está, en mi misma frecuencia, en la misma búsqueda. Me faltan palabras para describir:

  • las conversaciones tan profundas, interesantes y enriquecedoras que tuve con algunos compañeros,
  • lo que sentí al ver las caritas de las niñas y de los niños de la escuela de la Fundación Fior di Loto en Pushkar,
  • la emoción de amanecer metida en el Ganges, el río más sagrado del mundo, abrazada a unas personas que en pocos días se convirtieron en mi familia,
  • la pasión al enamorarme por primera vez, aunque de manera fugaz (es lo que tienen los designios del Universo), de un chico indio.

Ama

Y vuelvo de la India, súper crecida en todos los sentidos pero sobre todo a nivel espiritual, y enamorada de mí misma, de mis luces y de mis sombras, «hasta las trancas». Y es en ese rebufo de amor propio y subidón que llevo a cabo un par de acciones que sólo pueden llamarse «AMOR», así, con mayúsculas.

El primero fue adoptar a India, mi gati/perri (físicamente es una gata pero hace cosas más propias de un perro como son recoger y traerte la pelota, las veces que haga falta).

En septiembre, casi recién llegada de mi glorioso viaje, azotaron mi Región las peores lluvias que se recordaban en la Historia. En la zona más afectada por la catástrofe, cuando amainó un poco el temporal, un chico decidió salir a «pasear» con su perro y éste (el can), olisqueó algo escondido en un matorral… Allí estaba mi pequeña superviviente, aterrada, mojada hasta los huesos, pero viva.

Así era el día que la encontraron…

Y así está ahora la tía, tres meses más tarde…

Han sido meses de luchar contra una bronquitis heredada (la gata, no yo) de aquella terrible inundación, que por momentos pensé que se iba a convertir en crónica, y en adaptarme y aprender a convivir con un animal hiperactivo que, en su estado normal, parece que se ha tomado 500 Redbull. Sí, India llegó para poner mi vida, y mi casa, patas arriba, pero la quiero con locura y no hay día en que no me alegre (aunque a todo el mundo le diga lo contrario, jeje), de haberla adoptado.

Y vamos a por el segundo acto de amor… hacia misma: comprarme un piso. Bueno, sería más correcto decir: adquirir un HOGAR para mí (y mis animales).

Desde hace unos años me había vuelto una persona muy muy miedosa, demasiado precavida. Tanto era así que me costaba mil dar un paso o tomar una decisión. Pero en este caso, y para mi sorpresa, lo tuve clarísimo: me negaba a seguir pagando los altos alquileres de mi ciudad y que otros se hiper lucraran a mi costa. Me enamoré del piso a primera vista: su ubicación, su distribución, sus vistas… Supe que tenía potencial y me lo compré.

En apariencia había que hacerle muy poquitas cosas para entrar a vivir pues, para no aburriros entrando en detalles innecesarios, resulta que dos meses más tarde sigo durmiendo en un colchón en el suelo en el salón, los pasillos y habitaciones están plagados de materiales, escombros y herramientas, y una niebla de polvo flota constantemente en el ambiente.

(¿Pensábais que exageraba?)

Bueno, pues la dichosa obra y que iba a ser de unos días (ya llevo dos meses, y viviendo en ella), me ha pasado una gran factura: primero a nivel econónimo y segundo, y más importante, a nivel mental y emocional.

No voy a negar que soy una persona minimalista, meticulosa, organizada, perfeccionista y ordenada. Me lo estoy trabajando, día a día, y he mejorado (y mucho), pero lo soy. Pues creo que os podéis hacer una idea de lo que ha supuesto y está suponiendo este tremendo follón para mí. Sobre todo al principio que nos estábamos encargando de ella mi padre y una servidora.

Había días que estaba tan cansada que ni iba a entrenar y me acostaba a las 8 de la tarde. Fue por ello que tuve que dejar de publicar en el blog: no tenía ni tiempo ni fuerzas. Fue una decisión dura, no os creáis: mis niveles de autoexigencia no concebían que no fuera capaz de publicar por aquí todas las semanas, hasta que, por salud, tuve que parar.

Lo peor no es vivir en estas condiciones, es no saber cuándo se va a acabar esto… Hoy, por ejemplo, es uno de esos días en que me siento más positiva, pero han habido otros momentos en los que se han acumulado mil problemas y viendo el panorama al abrir la puerta del piso… comía o cogía lo que me hiciera falta, y me iba con tal de no pasar ni un minuto más del necesario dentro.

Pero al igual que con la gata, el tema de la casa ha sido y está siendo complejo, pero no me arrepiento ni un solo segundo de haber tomado aquella decisión, desde el amor, por mí y para mí. Asimismo, agradezco todas las lecciones que estoy aprendiendo durante este proceso, sobre todo: el desarrollo de la flexibilidad y de la paciencia.

Espero poder enseñaros pronto los cambios a través de mi Instagram @soylorenasolis y también poder retomar, siempre que no me genere ningún trastorno añadido, la actividad del blog.

Y bueno, llegamos al tercer acto de amor…

Os pongo en contexto: hacía poco más de un mes que había vuelto de mi viaje a la India, acaba de adoptar a mi gatita, le había echado el ojo al piso de mis sueños, la vida me sonreía y yo era más que feliz conmigo misma. Es más, había declarado al mundo que «la soltería» iba a ser, de manera indefinida, mi nueva forma de vida.

Pues bien Lorena, ¿no querías sopa?, pues toma dos tazas…

Comienza octubre, me voy de ruta con mi grupo de senderismo, y nada más llegar al punto de encuentro me fijo en un chico nuevo. Recuerdo que le dije a mi amiga: yo a ese «zagal» lo conozco de algo. Pero no era así, de hecho era la primera vez que lo veía en mi vida, o, al menos, en esta vida.

Empezamos a andar y, desde detrás, me fijé que tenía tatuado en el un eneagrama, así que no pude dejar de pensar: uy, éste está metido en nuestro «rollo» (en el camino del crecimiento personal).

Resumiendo:

  • Un chico (no chica).
  • Joven (de menos de 40 años).
  • Del «mundillo».
  • (Y encima guapo, jeje).

Así que ni corta ni perezosa, me salió del alma, pasé por su lado y, sin preguntarle tan si quiera cómo se llamaba, le solté: «me gusta tu tatuaje». Y me fui, tal cual.

¿Lorena?, ¿qué decías?, ¿me puedes repetir que no te oigo bien?, ¿que quieres estar soltera pase lo que pase? Ahhh, muy bien… entonces…. ¿me puedes explicar por qué tres meses después sigues con el «zagal del tatuaje»?

Mientras escribo esto me estoy muriendo de la risa… Hay una frase que yo suelo decirle a los demás: nosotros tenemos unos planes, queremos ir por un camino, y la vida, después, nos lleva por donde ella quiere.

Y así es…

Del «zagal del tatuaje» sólo puedo decir que es una bellísima persona, de las más buenas que he conocido de hecho. No en vano trabaja en un centro de día con gente mayor y creo que para ello hay que tener una sensibilidad especial y estar hecho de otra pasta. Es un individuo que, como yo, también aspira a crecer y mejorar un poquito todos los días. Pero también es un terremoto, un payaso, y me vuelve loca con sus tonterías y ocurrencias.

Parece que hubo un flechazo, y lo fue, y también parece una bonita historia de amor, y lo es. Pero no es oro todo lo que reluce, ni lo pretendemos. Los dos somos seres perfectamente imperfectos con nuestras luces y nuestras sombras, las cuales tratamos de comprender y abrazar día a día. En otras palabras, que han habido roces, y los habrán, pero también puedo asegurar que el «zagal» me ha hecho reflexionar, y mucho, y me ha ayudado a crecer, y mucho, en estos meses. Creo, además, que el sentimiento es mutuo.

Tan sólo el futuro desvelará el designio que el Universo, con sus incomprensibles misterios, nos tiene reservado.

Reflexión final

Para concluir este post, tan sólo me queda decir que, como habréis podido comprobar, 2019 ha sido para mí un año de muchos cambios, muchas experiencias vividas y muchos aprendizajes adquiridos. Han sido 365 días en los que me he sentido amada y en los que he amado mucho: a lugares, a animales, a personas y, sobre todo, a mí misma.

Hace un par de días me preguntaba el «zagal del tatuaje» cuál era mi propósito para 2020. Después de reflexionar un poco contesté: ser capaz de gestionar un poco más y mejor mi ego, porque él es el causante de todos mis sufrimientos. El chico me sugirió que debía concretar un poco más y, tras pensarlo dije:

Meditar todos los días (aunque sea un poco).

¿Por qué? Me preguntó él, porque desde ahí, respondí, podré escucharme y, poco a poco, también podré lidiar con mis sensaciones, emociones y pensamientos para alcanzar ese estado que todos anhelamos: estar tranquila.

Os deseo, de corazón, paz para vuestras almas en este 2020.

Namasté

2 comentarios sobre «Mi año Come, reza, ama»

  1. Hola Lorena !! Querida amiga que obtuve en la India !! Maravilloso viaje !! Me encanta como escribes , como describes las cosas, concreta y a la vez descriptiva, eres una persona decidida, capaz y amigable !! Quien no va a entrar en tu vida ???tienes todo para ser feliz !!!‍♀️ te deseo buen año 2020 !! Y todos los que vengan!!

    1. Hola Laura, en primer lugar, gracias por pasarte por aquí, leer y comentar 🙂 Por otro lado, gracias por las palabras que me dedicas en cuanto al blog y a tus buenos deseos.
      Para mí también fue un placer conoceros y conocerte en la bella y caótica India, allí dejé un pedacito de mi corazón.
      También te deseo todo lo mejor para este año y los venideros.
      Un beso fuerte desde España.

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